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Por: José Camilo Urbano

18 años de lucha, resistencia y clamor al cielo y a quienes son los autores de las muertes violentas e injustas en nuestro país.

Hoy contemplamos en el Cristo Negro de Bojayá, la inocencia de tantos niños que sin culpa alguna, fueron los perjudicados frente a la decisión de quienes empuñaron las armas.

Hoy quizá nos hace falta llorar por las injusticias de nuestros pueblos, y especialmente llorar clamando al cielo para que paren las guerras.

Si bien la tristeza, el dolor, la desesperanza, la rabia y la impotencia fueron los primeros sentimientos que afloraron en el corazón de los habitantes de Bojayá, hoy, por la memoria de los que murieron en la injusticia, cambian todos estos sentimientos por fe, esperanza y caridad.

Hoy resuenan sus voces entre alabaos, chigualos, arrullos y oraciones ancestrales, pidiéndole al todopoderoso, representado en el Cristo Negro de Bojayá, para que cesen las guerras en nuestros territorios y comunidades.

La masacre de más de 44 niños y adultos afrodescendientes, nos permiten reconocer que somos una nación que está herida y que serán los caminos de la misericordia, el perdón y la reconciliación quienes permitirán que podamos no olvidar, pero sí recordar sin dolor de venganza.

Nuestras comunidades negras le hablan al mundo entero con sus gestos bondadosos, reconociendo así que la clave para seguir viviendo, es la fuerza de la unión en la fe. Seríamos mentirosos al pretender que este momento tan duro no nos doliera, sin embargo nos mueve la esperanza en un Dios que sufrió con nosotros, porque hasta Él fue herido; y herido hasta el punto de arrancarle sus manos y sus pies. Este es el Cristo de nuestro consuelo y esperanza.