Retrato del papa Pablo III, obra de Tiziano Vecellio en 1543. Se le ve anciano, cansado y desconfiado, pero de mirada inteligente y despierta. Lleva pelo corto y barba blanca, con una túnica blanca con una sobretúnica de terciopelo rojo.
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La bula Sublimis Deus denunciaba a los que sostenían que «los habitantes de las Indias occidentales y de los continentes australes... debían ser tratados como animales irracionales y utilizados exclusivamente en provecho y servicio nuestro». El papa afirmaba con solemnidad: «Resueltos a reparar el mal cometido, decidimos y declaramos que estos indios, así como todos los pueblos que la cristiandad podrá encontrar en el futuro, no deben ser privados de su libertad y de sus bienes — sin que valgan objeciones en contra —, aunque no sean cristianos, y que, al contrario, deben ser dejados en pleno gozo de su libertad y de sus bienes» (el resaltado es nuestro). La Santa Sede era así de clara; por desgracia, su aplicación conoció en seguida varias dificultades.

Tres formas almendradas se forman por cantidad de líneas azul-morado que dan la impresión de ser de cristal pero también de tinta en medio de una marca de agua de rombos.
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El misterio de la Santísima Trinidad es central en la fe y la vida cristiana; sólo Dios puede darlo a conocer. La Encarnación del Hijo de Dios revela que el Hijo es «de la misma naturaleza que el Padre»; el Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo «de junto al Padre» (Jn 15,26), revela que Él es con ellos el mismo Dios único. «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Por la gracia del bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19) podemos participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad. Este es un dogma que compartimos con la mayoría de las iglesias cristianas y se expresa en las bendiciones cotidianas concedidas a hijos y ahijados.