Mujer afro vestida elegantemente, sentada sobre una banqueta en la calle de una ciudad.

Me descubrí mujer negra

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Fui siempre inquieta, muy seria, introvertida y un tanto curiosa. Se me dificultaba obedecer a mi abuela en temas relacionados con los oficios del hogar. Las justificaciones de por qué debíamos hacerlo mis primas o yo, en lugar de mis primos o hermanos, me causaban descontento. Un sin sabor que a mis simples 11 años no lograba explicar. No le permití a mi abuela convencerme de que “las mujeres nacimos para atender a los hombres”, ni mucho menos que debía aprender, porque si no, sería un motivo que el posible marido que tendría cuando adulta “utilizaría para maltratarme”.

Pensé siempre que mi abuela decía eso porque no tenía otra opción. Fue educada en tiempos donde la mujer solo tenía “derecho” a parir y servir, el hombre podía hacer lo que se le antojara y siempre era justificado.

Mi adolescencia fue un poco indiferente a los consejos que mi abuela me daba, me centré en reforzar mis ideas, mis pensamientos y creer que podría tener un destino más grande que el de solo parir, cuidar de los niños y el marido.

En la búsqueda de mis deseos y con el propósito de encontrar mi camino, en cuanto me gradué del colegio, tomé mis maletas y salí de mi casa, podría decirse que con un objetivo claro. Quería aprender, crecer, ser profesional, técnica contable, abogada, tener un gran cargo.

Mi primera ciudad fue Cali.

Mi madre tenía una forma muy agresiva, si se puede decir así, de educarme u obligarme a hacer lo que, para ella, yo tenía que hacer. Desarrollé lo que llamé trauma o miedo a que sus palabras se hicieran realidad.

Nunca me gustaron los oficios del hogar, eso de lavar, planchar, cocinar, arreglar la casa, etc… Siempre tuve mi recelo; de hecho, pocas veces los hacía y de muy mala gana. Mi abuela siempre decía que yo terminaría de empleada del servicio doméstico. Debo aclarar que no tengo nada en contra de ningún tipo de oficio, de hecho, creo firmemente en que todos tienen su valor y requieren de gran esfuerzo y dedicación. Las personas que los realizan, mujeres y hombres, siempre han sido muy mal remunerados.

Mi primer propósito fue trabajar de empleada doméstica. Me tracé como meta dos meses, para mí era una forma de reafirmar que efectivamente este es un oficio que no me gusta y que no me acostumbraría a él. Así que, en cuánto mi hermana me ofreció la oportunidad de viajar a Bogotá bajo esa condición, no lo dudé.

Durante esa experiencia reafirmé que no me gustan las tareas del hogar. Me descubrí negra y entendí el porqué de las luchas de aquellos líderes y lideresas afrodescendientes; además de la poca comprensión de la historia, del racismo estructural y estructurado en la sociedad. Descubrí la falta de moral, valor, ética y amor al prójimo de personas con dinero y que se dicen educados.

Un mes en Bogotá y el frío era mi más pequeña preocupación. Empecé en las noches a sufrir de soledad, recordar mi casa, mi madre, mis hermanos, todos sus cuidados. Ganar 250.000 pesos y escuchar de la “jefa” que debía estar agradecida por ese sueldo, rompió mi corazón, no logro describir la impotencia que me inundó. Lo único que hice fue coger el sueldo e irme al cuarto de servicio que quedaba en el patio trasero de la casa, detrás de la cocina. Entre lágrimas y la soledad de la habitación, miles de ideas venían a mí mente, me cuestionaba el hecho de que las leyes hablaban del salario mínimo para las empleadas del servicio doméstico, de dotación y en la realidad no se cumplieran. Debía levantarme a las 5 de la mañana, limpiar una casa de dos pisos, los patios, hacer el desayuno, limpiar la alfombra de manera muy específica, servir de enfermera porque la madre de la jefa tenía diabetes, cáncer y otras enfermedades; debía estar pendiente del almuerzo, exprimir granos, lavar la ropa y, mi mayor trauma, la ropa interior.

No había descanso más que el domingo, el cual utilizaba para ir a estudiar en un instituto técnico. Me mantenía triste, pues nunca me había tenido que levantar de la cama con cólicos, ni enferma, ni nada por el estilo.

Me entristecí aún más porque veía y escuchaba de esa señora comentarios que para mí no eran de un ser humano y mucho menos educado. “Ustedes los negros”, decía, “solo saben cocinar, lo hacen bien. Ustedes solo sirven para bailar. Allá de donde es esta niñita, andan desnudos. Eso seguro no saben ni leer ni escribir, solo paren y no más. Esos hombres se las cogen, dónde sea». Una cantidad de palabras sin valor, que herían mi ser. Debía servir a esa señora, mientras me veía obligada a escuchar sus conversaciones insulsas, oírla alardear con sus amigas y amigos. Ver como ellos la enaltecían porque, desde su concepción, ella estaba haciéndome un favor y era muy valiente al aceptar a una “negra” en su casa. Les parecía inverosímil la sola idea de que ella pudiese tenerme de empleada y dejara su madre a mi cargo, conociendo nuestros antecedentes, según ellos, los educados en la ignorancia.

Ahí me descubrí mujer negra. Para mi gracia, nací creyendo en la igualdad de derechos. Solo 2 meses me sirvieron para soportar tanta carencia de conocimiento. Fue difícil al principio; era una jovencita de pueblo, mujer y negra, en una ciudad muy grande. Siempre supe que no sería fácil, así que después de haber dejado ese “trabajo”, me propuse nuevas metas: leer más, hacer ejercicio y buscar un oficio en el que me sintiera bien y que además me aportara al crecimiento personal y profesional.

Autora: Sinmoan

Imagen cortesía de https://anneshoemaker.com/

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