El p. Ariel Viáfara sobre un plano general de una manifestación en López de Micay

Desabastecimiento de la ética periodística, otra evidencia que deja el paro nacional

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P. Ariel Viáfara Hurtado
Párroco de San Miguel Arcángel, López de Micay, Cauca

La Voz Católica – Cali, junio de 2021

El país pasa por una de las peores crisis sociales en las últimas décadas. Se ven jóvenes asesinados en las calles, mujeres violadas sexualmente, policías heridos, edificaciones quemadas, tiroteos en las calles, vandalismo de bienes públicos, fuerza desmedida de la policía e inestabilidad en la gobernabilidad. Esto sucede tras las manifestaciones de millones de personas que se movilizaron en las calles para exigir derechos como educación, empleo y, en especial, el retiro de las reformas de solidaridad sostenible (tributaria) y a la salud.

Ha sido vergonzosa la manera como los medios de comunicación nacionales abordaron esta realidad, donde han parcializado este fenómeno social y deslegitiman este recurso ciudadano de la protesta pacífica. Les ha faltado objetividad y ética para informar lo que realmente está pasando en las calles. Ha habido vandalismo, pero las marchas han sido pacíficas y no hay que quedarse con los pocos que se han infiltrado para empañar esta iniciativa, sino con los muchos que quieren cambios estructurales y que se les escuche.

Las manifestaciones en las calles son el cúmulo de la ineficiencia histórica de los gobiernos con la población que día a día tiene que soportar las inclemencias de la pobreza, el pésimo servicio de salud, las alzas en la canasta familiar y en la gasolina, la corrupción en la política. Todos no hace más que desangrar al pueblo y acrecentar la violencia.

Es triste que, con tantas razones de fondo que han suscitado las marchas, lo que sobresalga sean los actos vandálicos por encima de las acciones pacíficas de la gente. Es lamentable que se tenga que vandalizar las estaciones del trasporte público, los bancos, los CAI y establecimientos comerciales. Eso no está bien. Esto es maximizar la violencia. Es seguro que los implicados en estos hechos no son quienes promueven el paro. Son simplemente vándalos, ajenos a las luchas por los derechos. Eso hay que diferenciarlo.

Pero es difícil construir un país con verdad, legalidad, igualdad y constituir un estado social de derecho cuando se discrimina a grupos étnicos como los indígenas y los afro, se estigmatiza una manifestación pacífica y constitucional y no hay objetividad en la difusión de la información.

No es correcto que los noticieros inicien sus emisiones con cifras de cuántos hechos violentos se presentaron en el paro y dejen a un lado las condiciones de desigualdad en la que vive la gente, la misma que los lleva a protestar.

Da tristeza que se enfoquen en los casos de contagio que deja la pandemia. Es importante cuidarnos, pero es peor que se abstengan de informar que el pueblo se cansó, que la gente aguanta hambre, que no hay trabajo, que no hay facilidades de estudio y que la violencia todavía se apodera de los territorios.

Es doloroso que por los bloqueos en las vías haya desabastecimiento de algunos productos por ciertos días, pero es más grave que durante años y siglos la las comunidades vivan en la pobreza y el abandono estatal. Es más lamentable que la gente no viva con dignidad.

La ética en el periodismo es una herramienta que crea puentes y posibilita la estructuración de una democracia justa y equilibrada. No se trata de defender a como dé lugar una postura política u otra, se trata de difundir la verdad y unir al pueblo. El ser humano es capaz de edificarse, pero sin violencia y con empatía.

Se necesitan oyentes, televidentes, lectores, cibernautas capaces de confrontar las fuentes, profundizar la información, no promover la desinformación y tener sentido crítico con la información que se consume a diario por diferentes medios. Porque más que de alimentos, el gran desabastecimiento ha sido de la ética periodística en los medios nacionales.

Este texto se publicó con muy pocas variaciones en La Voz Católica de la Arquidiócesis de Cali, Año XXX, No. 250, junio de 2021; p. 12.

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